Una cesárea respetada

Ángeles tiene 38 años, es de Capital Federal. Abogada y mamá de Juan Cruz, de 3 años. Acá el relato, en primera persona, de un nacimiento no planeado pero maravilloso.

Por María de los Ángeles Noya

Fui a hacerme mi primer monitoreo el jueves 15 de agosto de 2013, con 38 semanas de embarazo recién cumplidas. Había tenido un embarazo divino, sin ninguna complicación, y mi obstetra y yo íbamos encaminados hacia un parto natural porque, como me dijo él: “ Sos sana, no tenés problemas… por qué no vas a poder tener un parto natural?”.

El monitoreo salió horrible. Cada movimiento de mi hijo le generaba una taquicardia intensa. Vi caras que no me gustaron. La encargada de hacer el monitoreo fue a buscar a la partera de guardia, y justamente estaba de turno quien iba a ser mi partera y era quién me había dado el curso de preparto. Ella me tranquilizó y me dijo que vaya  a ver a mi obstetra. Salí, aterrada, y lo fui a ver.

Rafael Gabelas, mi obstetra y a partir de ese día, mi héroe, me tranquilizó de todas las maneras: “Tranqui, gordita, puede ser que esté agarrando el cordón con la mano, puede ser que lo esté aplastando con la cabeza…”. Me mandó a hacer otro monitoreo a la mañana siguiente y que lo llame por teléfono con el resultado.

En la mañana fría del 16 de agosto fui con mi mamá a hacerme otro monitoreo. Peor. Juan Cruz apenas se movía. Otra vez a buscar a la partera de guardia y, otra vez, apareció mi partera maravillosa. Vio mi monitoreo y me dijo que ella se encargaba de llamar al médico. Ahí ya era obvio que tendría una cesárea de urgencia.

Y así fue.

En ese momento todo fue caos: mi mamá salió corriendo a casa a buscarme el bolso, yo llamaba a mi pareja para que venga urgente, que ya nacía! Escuchaba el llanto de otros bebés que estaban naciendo y me angustiaba más. ¿Por qué mi bebé tenía un problema?, ¡Si estaba todo bien!

Claudia, la partera, me llevó a la habitación de preparto, y juro que en mi vida me sentí tan sola y desprotegida. Me cambié, me puse la bata y me acosté. Al ratito ella volvió y debe haber sido por mi cara de espanto, porque me agarró de los hombros y me dijo: “Te acordás lo que hablamos en el curso? A veces los bebés no pueden estar más en la panza de la mamá. Y no porque haya algún problema, sino simplemente ya no pueden estar más. Eso está pasando ahora. Tu bebé está perfecto, pero ya tiene que salir”.

Al rato llegó mi obstetra: “Gordita! Jajajaja! Qué pasó?? Tranqui, nos vemos en el quirófano!!. Así llegó mi amado compañero también, que me dijo que con la cofia parecía una amish en problemas.

En el quirófano yo sufría porque mi mamá no había llegado y faltaba la ropa para el bebé (una enfermera ya me lo había recriminado y se ganó un reto de la partera), pero ahí nomás la escucho: “No sufras, ya tenemos la ropa, ya llegó tu mamá!! Todo está bien!!.

También llenaron muchos papeles de rutina en el quirófano, yo firmé, puse mi dedo, leí todo. No sólo eran los papeles de nacimiento de Juan cruz, sino también un formulario que luego me fue entregado, donde constaba todos y cada uno de los profesionales intervinientes en la cesárea, obstetra, partera, enfermera, anestesista, neonatólogo, instrumentadora; todos identificados con nombre, matrícula y firma. Un instrumento legal invaluable en caso de que hubiera habido una mala praxis. Me quedé sorprendida. Lo siento, mi mente legalista funciona así.

Luego de eso, me aplicaron la anestesia y, tal cual lo explicado en mi curso, no la sentí, no me dolió, no me quedé paralítica ni cuadriplégica. Me acostaron y empezaron los chistes, las bromas. El anestesista, otro amor de persona, se pasó toda la operación hablándome, preguntándome cosas, haciéndole chistes a todos– un sol-, y tuvo la peregrina idea de preguntarme cuánto mido. –1,53 cm., contesté. “En serio sos tan bajita??”. Y así estalló de risa el quirófano, la partera, el obstetra; todos en un clima de distensión.

Yo me reía, pero miraba sus caras.

Mi obstetra era un hombre mayor, posiblemente ya habría visto todo lo que se puede ver en una sala de partos y en un quirófano. Lo bueno y lo malísimo. No creía ser un caso excepcional. Sólo quería ver su cara de tranquilidad, de trabajo de rutina.

De pronto lo escucho gritar y reírse, y decirle al papá de mi hijo: “Pero asomate, mirá! Mirá lo enredado que está este nene!!!”. Y desenredó a mi hijo de sus cinco vueltas de cordón, con toda su paz y su amor.

Y ahí ¡por fin! Pude escuchar el llanto de mi hijo, libre de su atadura, sano y salvo, gracias a todos los que detectaron el problema y actuaron con rapidez. Mi hijo nació sin sufrir y sin ningún problema de salud. Lo envolvieron y me lo pusieron al lado de mi cara. Lo besé mucho y se lo llevaron, junto con su papá.

Lo demás fue un trámite: revisación, costura, habitación, y cuando trajeron a Juan Cruz ya no nos despegamos más, porque se prendió a la teta como un lechoncito precioso.

Mi obstetra me visitó ese mismo viernes a la noche, y al día siguiente y el domingo a la mañana, para darnos un besito y mandarnos a casa con Juan Cruz. Después me enteré que este hombre increíble visita todos los días a todas sus pacientes internadas, y las revisa él y te da el alta él.

Mi eterno e infinito agradecimiento a la partera Claudia Lewcowicz y el obstetra Rafael Gabelas por haber hecho de ese momento de angustia, el mejor recuerdo de mi vida.

Lamento muchísimo no haber podido experimentar un parto natural, pero valoro mucho más la eficiencia de quienes me atendieron y la calidez humana con la que me trataron.

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